DIOS VIVE EN LA CIUDAD

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martes, 11 de septiembre de 2012

LA PASTORAL URBANA EN LAS CONFERENCIAS GENERALES DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO

LA PASTORAL URBANA 
EN LAS CONFERENCIAS GENERALES 
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO 
Jaime Alberto Mancera Casas, Pbro. 

El fenómeno urbano, como problema humano y pastoral, ha estado presente dentro de la reflexión del magisterio universal y en la reflexión teológico-pastoral de los obispos del continente. Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, en continuidad con el Concilio Vaticano II, han aportado algunas categorías de comprensión de este hecho y han señalado los desafíos que plantea a la misión de la Iglesia, a partir de análisis más precisos sobre la situación. Los siguientes, son los aspectos, categorías o enfoques más significativos de su reflexión: 

1. EL FENÓMENO DE LA URBANIZACIÓN: 

 Los documentos del magisterio, más que hablar de la ciudad, se refieren al fenómeno de la urbanización , y lo afrontan desde distintos aspectos: • como parte de un proceso de transición de la humanidad entera, de una civilización eminentemente agraria, hacia una nueva época de la historia que podría llamarse “urbano industrial”. Proceso que encierra contradicciones y ambigüedades, en medio de cambios cada vez más rápidos y profundos. • como un problema social, irreversible, que se experimenta en el crecimiento excesivo de las poblaciones, junto a una transición de antiguas estructuras y organizaciones económicas y políticas hacia nuevas realidades no siempre justas, ni equitativas, sino por el contrario, discriminatorias y contra el mismo hombre. • como drama del habitante de la ciudad, que vive en el anonimato, la discriminación, la explotación, la desesperanza; y en donde los más débiles son víctimas de condiciones de vida degradantes e inhumanas. Drama que los ciudadanos deben afrontar como un verdadero desafío a su sabiduría, a su capacidad de organización y de imaginación prospectiva. • como un fenómeno que hace parte de la dinámica cultural del hombre y es generador de nuevas formas de cultura. Por tanto, como un fenómeno que es fruto, espacio y mediación del cultivo de la cultura, como realidad intrínsecamente humana. Sin embargo, el acento más fuerte en la aproximación al fenómeno urbano, está en señalar las situaciones concretas que están viviendo las grandes ciudades del continente: subdesarrollo, aumento de las zonas periféricas de pobreza y marginación, desplazamientos forzosos hacia las ciudades, sobretodo por causa del aumento de violencia en las zonas rurales y por la falta de promoción del campo por parte de los gobiernos. Todas estas circunstancias sociales se dan en un contexto de transformación cultural ambivalente, animado por modelos económicos y políticos excluyentes, así como por visiones inadecuadas del hombre, que no conducen a un auténtico desarrollo humano. 

2. LA NECESIDAD DE UN DISCERNIMIENTO EVANGÉLICO 

Tanto la Gaudium et Spes , como la Octogésima Adveniens, llaman a un verdadero discernimiento del fenómeno urbano, ante el cual el hombre y la comunidad eclesial no pueden ser ajenos: “A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se considera de urgente necesidad en cada caso.” Discernimiento que debe ser realizado teniendo en cuenta las búsquedas de los hombres a través de las ciencias humanas ; con una adecuada iluminación del Evangelio, para reconocer los signos de la presencia o de los planes del Señor, permitiéndole “trazar criterios y caminos, basados en la experiencia y en la imaginación, para una pastoral de la ciudad.” Discernimiento que alcanza una gran madurez en la reflexión que hacen los obispos en Aparecida: «La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos. Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión, no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos.» 


3. LA IDENTIDAD DE LA PASTORAL URBANA 
Se pueden reconocer dos enfoques complementarios en el momento de establecer la identidad de la presencia y acción de la Iglesia en las grandes ciudades, y un tercer enfoque integrador: 

3.1 Pastoral urbana como participación en la construcción y reconstrucción de la ciudad terrena: 

Por un lado la Iglesia se siente solidaria con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo y, por tanto, con los de aquellos que habitan las grandes ciudades, marcados por el complejo fenómeno de la urbanización. De ahí que, tanto en la Gaudium et Spes, como en Octogesima Adveniens , en Medellín y en cierta manera en Aparecida, se plantee la acción de la Iglesia en la ciudad, como la participación de los cristianos en la construcción y reconstrucción de la ciudad terrena, y de sus relaciones, en orden a la edificación de un mundo más humano. Tarea que es una verdadera misión que les incumbe a los bautizados, mientras caminan hacia la ciudad celeste : “Urge reconstruir, a escala de calle, de barrio o de conjunto, el tejido social, dentro del cual el hombre pueda dar satisfacción a las exigencias justas de su personalidad ... Construir la ciudad lugar de existencia de los hombres y de sus extensas comunidades, crear nuevos modos de proximidad y de relaciones, percibir una aplicación original de la justicia social, tomar a cargo este futuro colectivo que se anuncia difícil, es una tarea en la cual deben participar los cristianos. A estos hombres amontonados en una promiscuidad urbana que se hace intolerable, hay que darles un mensaje de esperanza por medio de la fraternidad vivida y de la justicia concreta.” Medellín, reconociendo que el progreso temporal que contribuye a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios, como lo afirmó el Concilio, y ante los clamores de liberación del pueblo, afirma que es necesario realizar un trabajo conjunto que busque la construcción de una ciudad temporal digna del hombre y en la que se superen los graves males que afligen a todos los hombres. Hay que “inspirar y educar la conciencia de los creyentes, para ayudarles a percibir las responsabilidades de su fe, en su vida personal y en su vida social.” De igual manera Aparecida urge a los discípulos misioneros para que desarrollen “una mayor presencia en los centros de decisión de la ciudad tanto en las estructuras administrativas como en las organizaciones comunitarias…para velar por el bien común y promover los valores del Reino”. Esta acción debe ser realizada junto con los demás ciudadanos, puesto que la urbanización en primer lugar es un desafío para la misma humanidad, y los cristianos participan en esta tarea. La Iglesia, en su condición como misterio de salvación, no se coloca ni en contra, ni en frente, ni paralelamente a la ciudad, sino dentro de la ciudad, para ser partícipe de su edificación, reconociendo que en la búsqueda de una ciudad terrestre más humana, cumple el plan mismo de Dios, sometiendo la tierra, perfeccionando la creación y perfeccionando a los mismos cristianos : «La Iglesia está al servicio de la realización de esta Ciudad Santa…y así va transformando en Cristo, como fermento del Reino, la ciudad actual.» Se propone, además, una espiritualidad para la acción, invitando a los cristianos a mantener la conciencia sobre su responsabilidad y a no perder el ánimo frente a la ciudad, recordando a Jonás, quien recorrió Nínive, la gran ciudad, predicando la misericordia divina, sostenido en su debilidad por la fuerza de la Palabra de Dios. Igualmente, la promesa neotestamentaria de la ciudad que viene de lo alto, la Jerusalén celestial, es fuente de esperanza ante una ciudad, como lugar del pecado y del orgullo humano que desprecia el plan de Dios. 

3.2 Pastoral urbana como inculturación del Evangelio y de la Iglesia en la cultura urbana: 

Puebla, asumiendo las líneas de la Evangelii nuntiandi, plantea el desafío en términos de una evangelización de la cultura urbana; entendida en dos sentidos: a) Por una parte, buscar una “transformación evangélica de la cultura, es decir, la penetración por el Evangelio, de los valores y criterios que la inspiran, la conversión de los hombres que viven según esos valores y el cambio que, para ser más plenamente humanas, requieren las estructuras en que aquellos viven y se expresan” ; y b) por otra parte, “ayudar a los fieles a vivir su vida cristiana en el cuadro de los nuevos condicionamientos que la sociedad urbano-industrial crea para la vida de santidad; para la oración y contemplación; para las relaciones entre los hombres, que se tornan anónimas y arraigadas en lo meramente funcional; para una nueva vivencia del trabajo, de la producción y del consumo.” Evangelización que debe ser liberadora y generadora de una auténtica promoción humana en la ciudad, desde una opción preferencial por los pobres. Santo Domingo, dentro del contexto de la Nueva Evangelización, queriendo dar respuesta a la nueva situación que se vive, provocada por los cambios sociales y culturales de la modernidad, habla de una acción pastoral urbanamente inculturada : “La Iglesia deberá inculturar el Evangelio en la ciudad y en el hombre urbano. Discernir los valores y antivalores; captar su lenguaje y sus símbolos. Proceso que abarca el anuncio, asimilación y re-expresión de la fe.” 

3.3 Pastoral urbana como servicio de la Iglesia al proyecto de Dios en la ciudad: 

Aparecida, con nuevos términos, y en cierta medida integrando las dos líneas señaladas, plantea la identidad de la pastoral urbana desde la misión que la Iglesia y todo discípulo misionero tiene de servir a la realización del proyecto de Dios que es la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén, que baja del cielo, “que es la tienda de campaña que Dios ha instalado entre los hombres”; misión que cumple “a través de la proclamación y vivencia de la Palabra, de la celebración de la liturgia, de la comunión fraterna y del servicio, especialmente a los más pobres y a los que más sufren, y así va transformando en Cristo, como fermento del Reino, la ciudad actual” ; servicio de la Iglesia a través del cual “los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, pueden encontrar en Cristo la plenitud de vida” . 

4. LAS ACCIONES DE LA PASTORAL URBANA

Para llevar a cabo la misión en la ciudad, los obispos invitan a: 
  Asumir un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana. Estilo diversificado, acogedor, atento al mundo del sufrimiento urbano, profético, atento a la belleza, abierto a nuevas experiencias y lenguajes. 
  Desarrollar un plan de pastoral orgánico y articulado que integre…y que su objetivo sea llegar al conjunto de la ciudad. Incluso llegar a un plan interdiocesano, en los casos de varias diócesis urbanas. Una acción pastoral orgánica, diversificada y planificada , teniendo en cuenta que tanto la catequesis, la liturgia, la acción social, como las estructuras, deben reconocer las características y desafíos que la vida urbana les plantea para llevar a cabo sus objetivos propios. 
 Renovar la estructura parroquial, pues se ha visto directamente afectada por las transformaciones que vive la ciudad. Se necesita una parroquia más flexible, sectorizada, abierta y misionera, que permita una acción más transparroquial y supraparroquial. 
  Promover pequeñas comunidades de vida y de fe, que sean el espacio para la humanización de las relaciones personales, afectadas por el anonimato y funcionalismo de la cultura urbana. 
  Promover procesos graduales de iniciación cristiana y de formación que sepan dialogar con la afectividad y el lenguaje simbólico de los ciudadanos, especialmente llamados a actuar como laicos en las cosas del mundo. 
  Crear ministerios urbanos y procesos de formación específica de todos los agentes de pastoral para trabajar en la ciudad. 
  Tener en cuenta la religiosidad popular propia de las ciudades, el acento de sus expresiones y la necesidad de reformular algunas de ellas. 
  Realizar una acción pastoral con base en los ambientes, intereses y funciones que se dan en la ciudad y que no coinciden con una visión territorial, propia de la parroquia tradicional: migrantes, turistas, grupos de influencia, responsables de la ciudad etc.
 Implementar una formación pastoral de los futuros presbíteros para que sean más capaces de responder a los nuevos retos la cultura urbana. 
 Crear servicios especiales que respondan a las actividades propias de la ciudad: trabajo, ocio, deporte, turismo, arte etc. 


EN CONCLUSIÓN: Los documentos analizados, sin llegar a hacer una reflexión sistemática sobre la problemática, aportan criterios y luces para el planteamiento de la cuestión y una comprensión global. Se reconoce el fenómeno de la urbanización como un signo que interpela a la comunión y misión de la Iglesia; no sólo por las circunstancias antievangélicas de injusticia, exclusión y deshumanización que encierran, sino también por los lugares o ambientes nuevos en los cuales se está forjando la nueva cultura contemporánea, que debe ser evangelizada. La participación en la construcción de la ciudad terrena, como servicio al Reino y anticipo de su consumación definitiva, e inculturación del Evangelio y de la Iglesia, ayudando a los fieles en la vivencia y maduración de su fe dentro del nuevo contexto urbano, son enfoques significativos, complementarios y propositivos para realizar la dimensión urbana que debe tener toda la vida y misión de la Iglesia en las grandes ciudades. Coinciden además los documentos en la necesidad de reorganizar, transformar, reprogramar las estructuras pastorales, incluida la parroquia, pero sobretodo enfatizan la necesidad de realizar una acción pastoral en y con los ambientes, funciones o nuevos sujetos, supra o transparroquiales, que genera la ciudad, su estructura y su cultura. Aparecida, hace un gran aporte afirmando, la presencia de Dios en medio de la ciudad, y la acción de la Iglesia como servidora y mediadora de esa acción en el contexto de la ciudad. Presencia solidaria, salvífica, transformadora y actual en Cristo, pero a la vez que lleva hacia una plenitud los proyectos de Dios, en la espera de la llegada definitiva de la Jerusalén Celestial, que viene de lo alto. Por último, las aproximaciones que hacen los documentos a la problemática de las grandes ciudades son una invitación a la investigación más exhaustiva sobre el fenómeno y a un análisis más profundo y sistemático que conduzca a un mejor discernimiento pastoral y a la creación y generación de proyectos pastorales concretos.



 N.B. Lamento que no puedan salir las citas bibliográficas que respaldan las afirmaciones. Al pasar el texto no las asume.

jueves, 29 de abril de 2010

EN BÚSQUEDA DE UNA TEOLOGÍA PASTORAL URBANA PROPIA




LECTURAS TEOLÓGICAS DEL CAMINO RECORRIDO
LA PASTORAL URBANA EN BOGOTÁ

Ponencia en el Congreso Internacional de Pastoral Urbana
México D.F. 2008


La siguiente reflexión surge del esfuerzo por hacer memoria del camino recorrido, desde distintas instancias, en la construcción y desarrollo de una pastoral urbana en las Iglesias particulares de Bogotá, y que nos ha llevado a un trabajo conjunto y al ejercicio de una reflexión bíblica, teológica y pastoral originales, dentro de un diálogo interdisciplinario, para comprendernos mejor y orientar los caminos a seguir. El método de la reflexión está tomado de lo que el mismo Sínodo de la Arquidiócesis de Bogotá, consideró debía ser el método de todo el desarrollo de la acción y reflexión evangelizadora de la Iglesia en la ciudad: escuchar, discernir y responder (Declaraciones Sinodales, 1998). El texto pretende ser un aporte al coloquio, intentando poner en conocimiento los esfuerzos que se vienen haciendo, los aprendizajes alcanzados y reconociendo desde la experiencia la necesidad de un ejercicio concreto del quehacer teológico en el desarrollo de la acción evangelizadora de la Iglesia.


ESCUCHAR

1. Intuiciones del Sexto Sínodo Arquidiocesano de Bogotá: El Sínodo Arquidiocesano de Bogotá (1989-1998) clamó por una Ciudad Samaritana. Esta fue la respuesta que el Espíritu inspiró a esta Iglesia particular después de un largo período de escucha de los clamores de la ciudad, para que en su praxis pastoral se hiciera cercana a ella, próxima al dolor de sus gentes; para que no pase de largo delante de los dramas humanos que la sacuden, para que se encarne en las realidades de las culturas urbanas que la circundan. En consecuencia, se asumió también la Parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) como paradigma eclesial y evangelizador, referente para el ejercicio de pensar la comunión y la misión eclesiales y la “samaritaneidad” como la espiritualidad que debía alimentar dicha acción pastoral.

2. Inserción en el contexto socio-cultural: Junto al esfuerzo de ir asumiendo esta opción pastoral en las estructuras diocesanas, y ahora desde las cuatro Iglesias particulares que hay en Bogotá, también un grupo pequeño, pero significativo, de teólogos y pastoralistas nos hemos reunido a reflexionar la contextualidad urbana y sus implicaciones en la compresión y realización de la pastoral. La metodología asumida ha sido la interlocución. Las realidades identificadas a partir de este diálogo, han sido percibidas como de gran complejidad. La relación más notable en este ejercicio ha sido la de ver estas realidades urbanas en su complejidad como un inmenso reto para la evangelización. Y esto ha puesto en el centro de la discusión, la que consideramos es la pregunta por excelencia de la pastoral urbana, al menos en nuestra situación: ¿Quiénes son los que sufren?.

El interrogante es consecuente con el mayor problema que padece Colombia: el monstruo de la violencia, que se ha instalado en el centro de nuestras vidas y no lo vemos; entre otras causas, por el encubrimiento de tal situación, hecha por el mismo Estado de diversas maneras, ayudado por la indolencia de la cortina de humo que han tendido los medios de comunicación, distrayendo la evolución de la opinión pública ante tal flagelo. Las ciudades colombianas son el receptáculo de esta violencia múltiple que azota al país. La rutinización y la tendencia a la negación de este hecho nos han llevado a la indiferencia ante el dolor y el sufrimiento de las víctimas.

3. Compromiso con la construcción de nueva ciudadanía: Hemos visto cómo la construcción de nueva ciudadanía, de ciudadanía social, se perfila en el marco de violencia y corrupción que padece Colombia como alternativa urgente. La participación de la Iglesia en este proceso se hace desde el esclarecimiento de la responsabilidad social de la fe. Dentro de esta perspectiva se evidencia la irrupción de una sociedad altamente secularizada, fuertemente individualista, en contraste con algunas jerarquías eclesiásticas sin una actitud suficientemente profética ante el conflicto, seguidas incluso por un sector del laicado, el más relacionado con la institucionalidad, también al margen de las problemáticas. Esto dificulta la visión y el compromiso pastoral amplios de otros sectores de la Iglesia, ante la difícil situación socio-política que vive el país y nuestra ciudad.

Temas tan polémicos como la corrupción administrativa, las discriminaciones de género, religiosas, étnicas, generacionales, las relacionadas con la orientación sexual, las referidas a las capacidades intelectuales, psicológicas o físicas, y otros temas nucleares como la multiculturalidad, el desarrollo sostenible, la justicia social, el medio ambiente, la convivencia pacífica, todavía no han logrado establecer un estado de presencia social. Mucho menos desde la perspectiva eclesial, toda vez que la incursión en estos temas, aunque sea fuerte en algunos sectores y haya promovido la reflexión de teológos y teólogas, aún es fragmentada.

4. Signos de esperanza: Bogotá es privilegiada por el desarrollo de redes de investigadores en cultura urbana, quienes han ayudado a comprender la diversidad y complejidad que nos caracteriza, dando voz o sacando a la luz pública, muchas realidades que eran desconocidas. Las investigaciones sobre el drama del desplazamiento, sobre las diversas subculturas, sobre imaginarios urbanos, sobre actores sociales, sobre las dinámicas del “rebusque”, han permitido empezar a crear un sentido de presencia y de corresponsabilidad en algunos ciudadanos. Son muchas las pequeñas iniciativas que han surgido desde la sociedad civil para afrontar el impacto del conflicto armado, de la pobreza, y para proponer alternativas de paz: comedores comunitarios, centros de reforzamiento escolar, escuelas de capacitación, centros culturales, talleres para aprender a manejar los conflictos, redes de iniciativas por la paz etc. etc. Estas iniciativas, no siempre articuladas, pero en un esfuerzo enorme de salir adelante, están siendo una instancia alternativa para pensar y para generar procesos de humanización y sobretodo para generar una conciencia sobre la condición de todos los ciudadanos como actores sociales y no simples espectadores. Algunas de esas iniciativas tiene su origen y su inspiración en el compromiso de muchos laicos católicos, así como en el trabajo, desarticulado desafortunadamente, de muchas parroquias y comunidades religiosas. Pero, sobretodo, son iniciativas que se comprenden a sí mismas por fuera de cualquier estructura o institución y con una creciente consciencia de participación y de compromiso para con las necesidades que afectan la vida diaria de la ciudad. Se han dado en los dos últimos años interesantes avances en la relación: pastoral educativa académica-problemáticas urbanas. Esto con el propósito de ir ofreciendo a los estudiantes en las clases de religión, la posibilidad de reflexionar desde la fe, situaciones que impactan las vidas de la familias y de los habitantes urbanos en general, como el tema de la violencia, la presencia del mal, los proselitismos religiosos y otros. Esto con el fin de incentivar la responsabilidad transformadora de la fe desde las mismas aulas escolares, en vinculación con las familias, los sectores de barrios y las instituciones de carácter social que quieren comprometerse.

DISCERNIR

A la hora de discernir los datos de la experiencia de la ciudad y sobre todo de lo que significa ser discípulo urbano en Bogotá hemos reconocido estos criterios:

1. Diálogo: Biblia y Ciudad. Este diálogo ha sido una intuición bien importante en el proceso de repensar la pastoral en los contextos urbanos. Esta mirada está en la línea de buscar la identidad cristiana en la ciudad, en el sentido de que las Sagradas Escrituras si bien son el “alma de la teología”, también deben serlo de la pastoral. Se ha intentado esclarecer esta relación de manera profunda; en cuanto su comprensión adecuada, en el panorama pastoral de la ciudad, significa un vuelco total de los paradigmas y las metodologías. Se abre así otra vertiente para la hermenéutica bíblica: la realidad urbana, como lugar “desde donde” se lee la Biblia y “en donde” se han de formar las comunidades que la interpreten. Se ha propuesto esta relación Biblia-ciudad, como eje central de la pastoral urbana, como alimento de la profecía cristiana que busca la justicia y la humanidad en la gran ciudad.

2. Profecía Urbana: Presenta estas dos dimensiones: Hunde sus raíces en la tradición profética de la Biblia y busca los lugares urbanos que se referencian en ella. Ambas son imprescindibles en la construcción de una teología de la ciudad. Para su profundización confronta los proyectos de las ciudades de la narración bíblica con el Proyecto del Dios de la Historia. El profetismo urbano buscó siempre la integración de la ciudad dentro de los planes de Yahvéh, para ello denunció las prácticas de muerte que se oponían a la posibilidad de una nueva ciudad, artífice de la vida, lugar de Dios entre los hombres. La misión profética con este talante fundacional la vemos en el compromiso por construir la Ciudadanía del Reino, la formación de ciudadanas y ciudadanos del Reino que ayuden a construir la Ciudad de la Misericordia, más humana y fraterna.

3. Pedagogía Misionera Urbana de Jesús: En continuidad con esta línea, el profetismo urbano de Jesús es ejercido desde las periferias de las pequeñas ciudades y aldeas. Si bien su pedagogía se inspiró notablemente en los modelos rurales, no desconoció el impacto de las políticas urbanas del imperio, lo interpretó y lo incluyó, como énfasis para conocer la realidad circundante, en la formación discipular de sus seguidores, invitándoles a leer los signos de los tiempos. El capítulo 10 de San Lucas es elocuente ejemplo de ello, entre otros textos. El grito de Jesús sobre la ciudad de Jerusalén es el reclamo por la justicia en la ciudad, por la dispersión de la ciudad que es el abandono de sus hijos e hijas. Jesús le pide a la ciudad recoger a los suyos, ser abrigo para ellos, ser el lugar humano del cumplimiento de las promesas mesiánicas. (Lc 13,34-35. 19,41-44). El interés ha sido puesto en aprender la profecía urbana de Jesús para entrar en la ciudad y humanizarla como él lo hizo. La pedagogía misionera urbana de Jesús es nuestro principal modelo de pastoral urbana.

4. Renovada condición simbólica de la Iglesia: El esfuerzo de diálogo pastoral con las investigaciones sobre la complejidad urbana, particularmente con aquellas que buscan una aproximación a su dimensión simbólica e imaginaria, como componente fundamental en el proceso de construcción social de la realidad, ha llevado a analizar el proceso de construcción de la misma comunidad eclesial como realidad social y simbólica dentro de la urbe. Desplegar la condición sacramental de la Iglesia en servicio al Reino de Dios, presente en la ciudad, ha exigido no solamente una reflexión sobre los presupuestos que subyacen a la autoconciencia misma de la Iglesia, sino también una reflexión sobre las lógicas dentro de las cuales se inserta como sacramento de salvación, puesto que la urbe, y sus dinámicas, también es espacio de la presencia del Dios de Jesucristo (cf. Aparecida 514). La Iglesia en Bogotá está pasando de tener un lugar hegemónico a ser una de tantas organizaciones religiosas, que como sociedad civil, debe buscar su espacio y aporte dentro de la reorganización del campo religioso y del servicio social. Ser dentro de este espacio social un “misterio de comunión misionero” exige un discernimiento más atento y dialogante; puesto que las expresiones simbólicas de la misma Iglesia, no pueden ser entendidas únicamente desde su sentido teológico sacramental y litúrgico, sino que deben ser contextualizadas dentro de la compleja red de significaciones que encierra la misma ciudad y de la cual los ciudadanos son autores y resultado simultáneamente. Una auténtica hermenéutica bíblica urbana, como se mencionó antes, se plantea como mediación para la reflexión y la acción evangelizadora.



RESPONDER

Ha sido diferentes las iniciativas de respuesta a los desafíos identificados, que han permitido a su vez nuevos discernimientos. Algunas de esas respuestas han sido:

1. Espiritualidad Urbana: El desarrollo de una auténtica pastoral urbana se fundamenta en la formación y vivencia de una auténtica espiritualidad urbana. Es la respuesta trabajada desde la búsqueda de una honda experiencia de Dios vivida en la ciudad, con el Dios de Jesús de Nazareth. Se ha trabajado principalmente desde la formación laical, a través de diplomados en Espiritualidad Urbana. Se ha buscado con ello definir la praxis cristiana en la ciudad, como contribución específica de la Iglesia a la consecución de un nuevo orden político, social y cultural urbano. Además de estos campos propios de la conformación de la sociedad, ha propuesto la dimensión ética como eje central de estas búsquedas. Es una espiritualidad con talante discipular, de seguimiento de Jesucristo, de vivencias comunitarias alimentadas por el Espíritu del Señor. Los lugares de concreción “práxica” de estos aprendizajes y vivencias son algunas parroquias, colegios y movimientos pastorales.

2. Hacia la Ciudad de la Misericordia: Este es el horizonte pastoral definido por la diócesis de Engativá, una de las diócesis urbanas en las que fue dividida la arquidiócesis de Bogotá. Pero en su acepción global, se funda en el clamor por la Ciudad Samaritana del Sínodo Arquidiocesano de Bogotá, realizado antes de la división. En la dimensión práctica de la pastoral, la diócesis de Engativá se ha comprometido en la construcción de este Proyecto de Ciudad, ciudad más humana y fraterna. Es la manera de responder como Iglesia a la ciudad violenta, insolidaria, indiferente, a la ciudad de grandes contrastes entre ricos y pobres, a la ciudad que teológicamente está llamada a fijarse en los que sufren, antes que en el cumplimiento de moralismos y normatividades. Es la ciudad fermento de amor entrañable surgido de sus pequeñas comunidades eclesiales, dispuestas a incidir en los tejidos sociales y culturales urbanos, transformando en vida y humanidad las prácticas deshumanizantes y de muerte, camino de una nueva sociedad de personas nuevas con corazones de carne.

3. Práctica Pastoral Urbana: También es una propuesta trabajada en varios lugares de la ciudad de Bogotá, que tiene como núcleo fundamental y operativo la relación, pastoral bíblica-pastoral urbana. Desde la convicción de trabajar la pastoral urbana desde la pastoral bíblica, o mejor aún desde la condición bíblica de toda pastoral, se realizan las siguientes acciones prácticas: El proceso de formación de pequeñas comunidades en la diócesis de Engativá con los lineamientos: Discipulado Urbano de la Palabra. Espiritualidad Urbana de la Misericordia. Comunidades Discipulares Urbanas. Comunidades haciendo Misión en la Ciudad. El Itinerario Formativo de los Agentes de Pastoral en esta misma diócesis, con espacios tales como: El Congreso Anual de Pastoral Urbana, con énfasis en el estudio de las Culturas Urbanas. Los Seminarios sobre Discipulado Urbano, con énfasis en los Sinópticos y en Pablo. Los Cursos de Interpretación Bíblica Urbana. Sumado a esto, se ha trabajado por espacio de 15 años la Hermenéutica Bíblica Urbana en Zonas Marginadas, a través de la Experiencia de Casitas Bíblicas, Movimiento de Lectura Comunitaria de la Biblia, que se ha constituido en un modelo de formación de Pequeñas Comunidades, con fuerte incidencia en la recuperación humana y social de habitantes marginales y en la aportación sobre una nueva eclesialidad, fundamentalmente misericordiosa.

4. Diálogo entre academia y praxis pastoral urbana: En el esfuerzo de hacer que la formación sacerdotal esté más en diálogo con las realidades urbanas, el Seminario Mayor de la Arquidiócesis, ha organizado un centro de investigaciones teológico pastorales llamado Cernir, que además de estar llevando a cabo una investigación, junto con los seminaristas de los dos últimos años, sobre la experiencia religiosa urbana, la iniciación cristiana y la pastoral urbana en general, ha organizado una experiencia llamada: “Laboratorios de pastoral urbana”. Estos laboratorios son grupos de reflexión en los que participan laicos, laicas religiosos, religiosas y presbíteros y cuyas reflexiones, elaboradas a lo largo del presente año, fueron presentadas en el contexto de un congreso de pastoral urbana organizado por el mismo seminario, cuyo tema central fue la iniciación cristiana en la Ciudad de Bogotá. La respuesta positiva a esta propuesta nos ha reafirmado en la convicción sobre las expectativas de muchos laicos y laicas, por una mayor inculturación de nuestras acciones y una presencia más urbana y salvífica de la Iglesia. Nos hemos reafirmado en la necesidad de generar espacios de reflexión teológica en los que aprendamos a hacernos preguntas y vayamos generando un pensamiento teológico que anime y sostenga una nueva manera de entendernos como cristianos en la ciudad y de asumir nuestro compromiso evangelizador. Ya tenemos una nueva agenda para el trabajo con estos laboratorios de pastoral urbana en el nuevo año.

En conclusión, podemos decir que frente a los propósitos planteados por el último Sínodo Arquidiocesano, estamos en un momento de sensibilización de todas las instancias de la vida de las Iglesias en Bogotá, en el que junto al lograr una autocrítica hacia las formas de entendernos en nuestro ser y quehacer eclesial actual, y particularmente como teólogos pastoralistas, se ha venido abriendo un camino original de respuesta al desafío que nuestra ciudad nos plantea. La esperanza de alcanzar una ciudad de la misericordia, desde el esfuerzo de ser y de actuar como una Iglesia samaritana, así como de ser capaces de generar un pensamiento teológico propio, desde una auténtica hermenéutica bíblica urbana, sigue siendo el espíritu que nos anima.


CONCLUSIONES:
La memoria sobre el camino recorrido nos permite pensar en el desafío que tienen por delante los teólogos y teólogas en este proceso complejo.

1. En primer lugar la necesidad de entrar en diálogo con las ciencias de la ciudad, en una actitud de escucha y de interlocución, para tener un marco de compresión más amplio sobre la experiencia urbana y poder identificar mejor los signos de la presencia y de los planes del Dios de Jesucristo en la ciudad. La interdisciplinariedad y a veces transdisciplinariedad desde donde las ciencias sociales buscan entender la ciudad, debe ayudarnos en el ejercicio teológico a mantener ese mismo espíritu, evitando compromisos con una sola manera de ver la ciudad, o pretendiendo tener la única visión posible de la ciudad, como suele pasar.

2. En segundo lugar se reconoce la necesidad de ejercitarse y enseñar a ejercitarse en una auténtica hermenéutica bíblica urbana, reconociendo la condición urbana concreta como un lugar desde donde se lee y comprende la presencia del Reino y la experiencia de fe, el dato bíblico, el dato de la tradición y los llamados que el Espíritu hace hoy a cada miembro de la comunidad eclesial. El ejercicio hermenéutico exige en primer lugar el reconocimiento de la propia condición urbana, del teólogo o teóloga, que no siempre es evidente, por cuanto habitamos y usamos la ciudad, pero nos cuesta trabajo tomar distancia de la misma, para reconocerla en nosotros.

3. El desarrollo de una verdadera actitud profética urbana, de acuerdo con la pedagogía de Jesús, y de las primitivas comunidades cristianas urbanas, requiere un acercamiento al dato bíblico desde la perspectiva pedagógica, fundamental en el trabajo pastoral en la ciudad. El aporte en este sentido de los teólogos y teólogas es invaluable, sobre todo para ser coherentes con el evangelio no sólo en sus fines, sino también en sus mediaciones.

4. Pensarnos como Iglesia al servicio del Reino, en un contexto que permanentemente es creado y se crea a sí mismo, requiere de una permanente reflexión teológica, hecha con rigor y con creatividad, por teólogos y teólogas profesionales; que sea capaz de entrar en diálogo con las búsquedas e intuiciones que muchos de nuestros hermanos y hermanas van adquiriendo sobre su identidad y misión cristianas en medio de la ciudad, a partir de su vida y luchas cotidianas. Son muchas las iniciativas y los procesos de liberación que es necesario leer teológicamente y proponer como modelos de intervención evangelizadora en las nuevas realidades. En fin, trabajo para las teólogas y los teólogos es lo que hay.



Alberto Camargo Cortés, Vicario Episcopal de Pastoral en la Diócesis de Engativá. Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana. Especialista en Teología Espiritual por la Universidad Mariana.

Jaime Alberto Mancera Casas, formador en el Seminario Mayor de Bogotá.
Licenciado en Teología Pastoral de la Universidad Pontificia de México.

domingo, 25 de enero de 2009

LA TEOLOGÍA PASTORAL URBANA, huellas de un camino recorrido

En los últimos años hemos visto en nuestro continente latinoamericano cómo ha ido surgiendo una reflexión teológico-pastoral que ha acompañado diversos procesos eclesiales en la búsqueda y desarrollo de una acción evangelizadora en las grandes ciudades. Numerosos teólogos pastoralistas, a través de sus esfuerzos de aproximación al fenómeno urbano, su discernimiento pastoral y su participación en procesos eclesiales concretos, han afrontado el desafío que las grandes ciudades latinoamericanas plantean a la Iglesia y han trazado lentamente un camino que es importante reconocer y retomar a la hora de asumir actualmente el reto de una pastoral urbana.
Aparentemente es poco lo reflexionado al respecto, pero al observar el horizonte, no podemos dejar de mencionar, entre muchos, algunos nombres significativos, que resuenan en este itinerario de búsqueda: Jorge Jiménez, Raúl Méndez, Eduardo Peña y Francisco Niño, en Colombia; Pedro Trigo, en Venezuela; Jorge Seibold y Carlos Galli, en Argentina; Segundo Galilea y Cristian Parker en Chile; Antonio González, en Paraguay; Benjamín Bravo, Abel Fernández, Alfonso Vietmeier y Francisco Merlos en México. Pero de manera particular sobresalen, por sus valiosas intuiciones y por su constancia para impulsar esta reflexión: José Comblin, Alberto Antoniazzi, Raimundo Caramuru y João Batista Libanio, en Brasil.
También han sido significativos los momentos y espacios de encuentro que se han tenido a nivel regional y a nivel continental, con el fin de compartir, articular y enriquecer las propias reflexiones. Desde el primer encuentro realizado sobre el tema, y convocado por el Instituto Pastoral Latinoamericano (IPLA) en São Paulo (1965), hasta el 1r. Congreso Interamericano de Pastoral Urbana, organizado por el Espacio de Pastoral Urbana y la Universidad Pontificia de México, en Ciudad de México (2001) y el II Seminario sobre Pastoral de Megápolis, convocado por el CELAM en Santiago de Chile (2003).
Otro espacio de reflexión de la problemática pastoral urbana ha estado en los procesos sinodales que han realizado diversas diócesis urbanas en el continente, y que les ha permitido pensarse y repensarse a sí mismas en relación con la cultura urbana.
Esta memoria teológico-pastoral, que ha venido constituyendo una verdadera “teología pastoral urbana” debe convertirse hoy para nosotros en una fuente y espacio de investigación y de diálogo pastoral; de tal manera que, al ir sistematizando los diversos puntos de vista, las intuiciones, las perspectivas articuladoras, las experiencias realizadas, nuestro discernimiento pastoral, más allá de seguir el riesgo de la fragmentación, se fundamente, tanto en la Palabra de Dios, como en lo que el Espíritu ha ido haciendo surgir a través de la acción y reflexión pastoral en las grandes ciudades, a lo largo de los últimos años.
Aproximación al fenómeno urbano
Todo intento de reflexión y sistematización de la pastoral urbana parte de una pregunta: ¿qué es la ciudad?, o mejor aún: ¿qué es el fenómeno urbano? [1] . Dentro del proceso y evolución del discernimiento teológico-pastoral, los pastores y teólogos han intentado responder esta pregunta recurriendo a la ayuda de las ciencias humanas. Este ejercicio de interdisciplinariedad les ha permitido tener en cuenta unas problemáticas y unas categorías de análisis, que luego han sido mediación para el ejercicio teológico-pastoral y que manifiestan la complejidad del campo de la acción evangelizadora.
Podemos identificar básicamente tres enfoques complementarios que han orientado esta aproximación al fenómeno urbano:
Epistemológico
En primer lugar se ha planteado el problema epistemológico, reconociendo las dificultades que plantea el conocimiento mismo de la ciudad y, por tanto, la necesidad de un trabajo interdisciplinar que fundamente la reflexión teológica y promueva la constante actualización.
Se reconoce que el conocimiento de lo “urbano”, fundamento de la reflexión pastoral, va más allá de una simple percepción inmediata y de una captación de datos, y se abre a todo un proceso epistemológico complejo que integra diversas categorías geográficas, económicas, políticas, socio-culturales y religiosas; que debe atender a los aspectos comunes y a los particulares, a componentes estructurales y coyunturales, así como a los diagnósticos precisos y sistemáticos, globales y sectoriales, seculares y religiosos, y a las proyecciones sobre los mismos. [2] Además, al considerar la ciudad dentro de un contexto más universal, como el campo experimental privilegiado de los avances de la modernidad, la posmodernidad y de la globalización, se afirma entonces que no puede haber un estudio que no tenga en cuenta sus tendencias y repercusiones. [3]
Histórico
En segundo lugar se ha hecho una aproximación histórica, puesto que la ubicación de la ciudad dentro del contexto de la historia regional y universal, ha sido un recurso para que algunos teólogos fundamenten sus reflexiones, reconociendo las categorías permanentes o esenciales del fenómeno y sus aspectos coyunturales, así como los procesos de transición que ha vivido.
Es un hecho, que las urbes latinoamericanas encuentran las raíces de su identidad, no sólo en el proceso de industrialización vivido en el siglo XIX, sino también en los acontecimientos de su colonización española o portuguesa y en los procesos de independencia y vida republicana, que han dejado su huella en ellas. [4] Esta visión histórica es cuestionada por algunos, que desconfían de una reflexión que tenga como presupuesto la continuidad fundamental de la ciudad desde los tiempos bíblicos hasta hoy, dada la complejidad y la especificidad de la ciudad contemporánea, y postulan la necesidad de estudiar cada ciudad en su momento histórico, en su dinámica específica, en sus complejas relaciones con el sistema político-económico mundial actual [5] .
Antropológico
En tercer lugar, la reflexión teológico-pastoral ha asumido la ciudad, antes que como un ente en sí mismo, como un «fenómeno humano»; es decir, en su relación con el hombre concreto, que se constituye en origen, razón, autor, actor, producto y víctima de la ciudad.
Desde este punto de vista se han reconocido unas categorías que son constitutivas del fenómeno urbano, que generan un ambiente específico y un perfil antropológico dominante. Algunas de esas categorías, a las que se hace referencia con frecuencia, son: la explosión demográfica y la consecuente densidad de población, el cruce de mentalidades agrarias, modernas y posmodernas, el desarrollo y especialización de las funciones y sujetos sociales; la expansión de las comunicaciones y su constitución como red abierta y global, la movilidad y desplazamiento internos y externos, la fuerza del mercado y del consumo, las formas de participación ciudadana, el desarrollo de las estructuras económicas, sociales y culturales; la diversificación de culturas, pensamientos, ofertas, posibilidades en todos los aspectos de la vida, las redes simbólicas que se tejen y los imaginarios urbanos que las generan.
El sujeto urbano que se constituye, y que los teólogos y pastoralistas identifican como interlocutor de la pastoral urbana, dependiendo del proceso de inserción en esta cultura urbana, está marcado por la exaltación de su subjetividad; realidad ambigua, puesto que por una parte lleva al individuo a reconocerse a sí mismo como responsable de su propia construcción y destino, pero por otra, en la búsqueda de su individualidad se encuentra ahogado en medio de la multiplicidad de ofertas que lo hacen un sujeto fragmentado, sin referentes auténticos de sentido, y en una permanente modificación de sus relaciones con los demás y con la naturaleza; en una nueva comprensión y relación con el tiempo y con el espacio. Un sujeto que vive su experiencia religiosa en un contexto de pluralismo religioso, de religiosidad popular, de pérdida de la dimensión social de la religión o privatización de la religión, como lo llaman algunos, y de re-significación de las expresiones religiosas tradicionales.
Un sujeto que vive en la tensión entre lo público y lo privado, entre su mundo vital y el sistema que lo rige; un sujeto que experimenta, en su gran mayoría los procesos de exclusión social, y en medio del espectáculo, la belleza, el mercado y la novedad que le ofrecen la ciudad, lucha por vivir su libertad.
Pistas sugeridas en el discernimiento pastoral urbano
Con base en las aproximaciones al fenómeno urbano, se han desarrollado una serie de pistas de discernimiento que señalan posibles comprensiones y proyecciones de la tarea evangelizadora de la Iglesia en las grandes ciudades del continente.
Algunos elementos comunes a dichos discernimientos son:
el reconocimiento del desfase en que se encuentra la oferta evangelizadora y las reales necesidades de evangelización señalas en las aproximaciones a la realidad urbana;
la necesidad de reconocer y restablecer el sentido profundamente antropológico que encierra la ciudad;
el desafío de llevar a cabo una verdadera inculturación del Evangelio, a partir de un discernimiento evangélico de la cultura urbana, evitando tanto una descalificación absoluta de la misma misma, como una asimilación ingenua.
El desafío de generar una eclesiología, para una Iglesia más “urbana”, referida a la concreción del Reinado de Dios en el contexto de las ciudades, en una revaloración de la Iglesia local y su relación con la ciudad, como históricamente se desarrolló [6] .
La necesidad de una renovación de los modelos pastorales, marcados aún por la comprensión agraria de la religión, y de las estructuras pastorales, de tal manera que se adapten mejor al sujeto y a las dinámicas de la vida urbana.
El desafío de generar una lectura teológica de la ciudad, que como una lámpara, vaya iluminando los caminos posibles para recorrer y llevar a cabo la acción misionera y pastoral.
Y junto a estos aspectos comunes también podemos identificar marcos específicos de comprensión de la problemática pastoral urbana, que han servido y pueden servir para entender muchos de los problemas que estamos teniendo actualmente y sobretodo, que pueden ayudarnos en la generación de procesos pastorales más creativos. Algunos de esos marcos de comprensión son:
La transformación de la experiencia religiosa urbana: Para algunos autores es fundamental el reconocimiento del cambio que hay en la experiencia religiosa, puesto que la religiosidad del hombre urbano no se basa en la experiencia de la limitación humana, como pasa en la vida del campo, y que conduce al reconocimiento de la necesidad de Dios en la vida, sino que la experiencia del poder humano sobre la naturaleza por medio de la técnica, generada por la ciudad, con el consecuente sentimiento de autosuficiencia humana, choca con un discurso pastoral que pretenda presentar a Dios como una necesidad. Todo esfuerzo por presentar el mensaje cristiano, como una intervención gratuita de Dios en la historia personal, de tal forma que interpele a esta nueva cultura, se podría llamar pastoral urbana [7] . Este desafío se hace más complejo cuando se reconocen las dinámicas de resignificación de lo sagrado, en las cuales las cosas seculares han sido cargadas de sentidos religiosos y por el contrario, las cosas tradicionalmente reconocidas como sagradas, han sido vaciadas de sus sentidos religiosos y se ven sólo con una mirada secular.
La ciudad, como escenario de la transición cultural, confronta y desafía la mentalidad, las formas y las metodologías de la evangelización: es fundamental el reconocimiento del cambio que estamos viviendo en las formas como los sujetos se entienden a sí mismos, actúan y se expresan, modificando el estilo de relación con los demás, con los espacios, con las temporalidades y con Dios. Rastrear cada uno de estos aspectos y confrontarlos en sus implicaciones con la presencia y acción eclesial se convierte en una tarea por hacer [8] .
De manera particular, existen tres desafíos que plantea esta transición cultural: la multiculturalidad, el pluralismo de ofertas religiosas y la situación de pobreza y exclusión que se ha generado. La Iglesia como comunidad, debe aprender y enseñar a vivir en medio de esa diversidad, y debe comprometerse en la eliminación de las situaciones de exclusión, mediante una pedagogía y una pragmática inculturadas [9] .
El profundo sentido antropológico que encierra la ciudad, marca el camino a seguir en la pastoral urbana: la ciudad es una construcción humana y refleja las aspiraciones más profundas del hombre. Sin embargo, muchos aspectos sociales y culturales están generado, por el contrario, un proceso deshumanizador, hundiendo a los ciudadanos en un caos e impidiéndoles ser constructores de posibles sentidos de la existencia más humanos y de una realidad social más justa y solidaria, desde los valores de la dimensión trascendente de la existencia. La Iglesia está llamada a reconocer este proceso, que se da sobretodo a nivel de la dimensión simbólica de la existencia social, y a ofrecer el Evangelio como una alternativa de sentido al caos en que viven los ciudadanos. Esta tarea le exige una actitud de permanente discernimiento de las dinámicas generadoras de sentido que ya el Espíritu ha suscitado en los contextos de exclusión, una gran capacidad de adaptación de sus estructuras y la generación de nuevas simbólicas que le permitan presentarse como una comunidad alternativa al caos, con rostro solidario y humano, auténtico sacramento de salvación [10] .
Algunas constantes
Es interesante anotar que todas las reflexiones se generan a partir de la actitud honesta de aceptar que no se conoce la ciudad y que las acciones pastorales, a pesar de la sincera voluntad evangelizadora, no convergen con la vida y la problemática de la ciudad. De ahí la necesidad de recurrir a las búsquedas que el hombre mismo ha hecho sobre la problemática urbana, desde las ciencias sociales. El fenómeno urbano no es sólo un problema de la Iglesia, como decía Pablo VI, es un desafío a la sabiduría humana, a su capacidad de organización y de imaginación prospectiva. [11]
Pero el desafío no sólo está a nivel del conocimiento de la ciudad, sino también de la misma reflexión teológica. Es necesario continuar en la búsqueda iniciada por José Comblin, en su libro Teología de la ciudad, de una lectura desde el ámbito de la revelación sobre la ciudad, que permita descubrir su sentido más profundo y su vinculación con la economía de la salvación, sobretodo en la imagen de la Jerusalén Celestial, la ciudad que nos viene de lo alto (cf. Ap 21). Junto a esta lectura, también está el clamor por una eclesiología que permita a la comunidad eclesial comprenderse a sí misma ni frente, ni contra, ni al margen de la ciudad, sino presente y actuante como servidora del Reino que acontece en el complejo entramado urbano; en el ejercicio real de la caridad y del testimonio cristiano, y que le permita abrirse a un trabajo ecuménico y con otras fuerzas vivas, por la reconstrucción de la ciudad; una visión de la comunidad eclesial como Iglesia local, y en relación a la Iglesia universal, que genere una identidad tanto a nivel personal, como social o público.
La mayoría de las reflexiones realizadas ponen en cuestión la simplificación de la problemática con el uso de los conceptos de “evangelización de la cultura urbana” e “inculturación del Evangelio en la ciudad”. Hay quienes aplican estos conceptos de manera genérica, sin pensar suficientemente en sus implicaciones específicas, y otros, a partir de cada categoría urbana, van viendo las implicaciones que se desprenden para la evangelización. ¿Cómo entender el problema de la evangelización de la cultura urbana, cuando esa cultura es un sujeto complejo, que tiene como característica valores dominantes y globalizantes, pero a la vez, un constante cambio y re-interpretación de los mismos, a nivel individual y social?
Estos son sólo algunos aspectos que encierra el campo de la reflexión teológico-pastoral-urbana. Una reflexión, que aunque inició en nuestro continente hace cuarenta años, tiene toda la actualidad y apenas está comenzando. Una reflexión que hay que enriquecer con las luces que nos vienen desde otros continentes. Una reflexión que a la manera de un laberinto, nos lleva al descubrimiento de nuevos corredores que hay que explorar y de nuevos espacios por reconocer. Un ejercicio teológico que estamos llamados a continuar nosotros hoy. Una reflexión, que aunque nos habla de una realidad que nos desborda en nuestro compromiso eclesial, nos pone en camino de creación y compromiso, de actitud confiada en el Espíritu, como lo vivieron los primeros cristianos cuando expandieron el Evangelio por las ciudades del Imperio Romano y se jugaron sus vidas por ello. Duc in altum.


[1] Entendemos «ciudad», como una realidad geográfica-social, «fenómeno urbano» se refiere al dinamismo que se genera en y desde la ciudad, y que se constituye en una cultura dinámica, dominante, y expansiva; «urbanización» es el conjunto de fenómenos que se dan ante el crecimiento del número de ciudades y de la vida misma de las ciudades, tanto en sus aspectos físicos, como en los socio-culturales.
[2] Cf. A.A.V.V., «A cidade moderna e a religião», en A presença da Igreja na cidade, Petrópolis 1997, 51.
[3] Cf. J.B. LIBANIO, «A Igreja na cidade», Perspectiva Teológica 28(1996), 11.
[4] Cf. A.GONZALEZ, «Una Iglesia más evangelizadora en las grandes ciudades de A.L.», Medellín 9/33 (1983), 102; F. NIÑO, La Iglesia en la ciudad, PUG, Roma 1996, 89-136.
[5] A. Antoniazzi, cita en este aspecto a Giordano FROSINI, Bebele o Gerusalemme? Per una teologia della città, EP, Roma 1992.
[6] Cf. J. COMBLIN, Teología de la ciudad, VD, Estella 1972.
[7] Reflexión hecha por S. Galilea. Cf. S. GALILEA, «La urbanización y la Iglesia. Reflexión pastoral», 107-109. Y por Cristian Parker.
[8] Es el pensamiento desarrollado por J.B.Libanio y A.Antoniazzi.
[9] Propuesta presentada por Jorge Seibold en «Pastoral comunitaria urbana. Desafíos, propuestas, tensiones», Stromata 57(2001), 47-82.
[10] Es la visión en la que se identifican de cierta manera: José Comblin, Benjamín Bravo y el Espacio de Pastoral Urbana, Raúl Méndez,
[11] Cf. OA 10.


REVISTA SEMINARIUM BOGOTENSE Nº 1 - 2002

DE UNA PASTORAL EN LA CIUDAD A UNA PASTORAL URBANA

Jaime Alberto Mancera Casas, Pbro.
Miembro del Equipo de Formadores
Licenciatura en Teología Pastoral
Universidad Pontificia de México
México, D.F.
La ciudad como un fenómeno humano
Las ciudades son la obra más significativa del ingenio humano. Su historia se identifica con la historia misma del hombre que, dejando la vida nómada, asumió una vida sedentaria dando una organización particular a su convivencia social. Su origen y sentido están unidos a la naturaleza misma del ser humano como ser social, llamado a desarrollarse plenamente sólo en la convivencia e interacción con otros, como lo afirmaba ya Aristóteles en su libro La Política, al referirse al hombre como un ser para vivir en la ciudad, en la polis.
Con el paso del tiempo, la vida de las ciudades se ha hecho cada vez más compleja, no sólo por su incremento demográfico, sino, sobretodo, por la multiplicación de interrelaciones entre los diversos elementos que estructuran el espacio urbano [i] , por la diversidad étnica, cultural y social, por la extensa red de significaciones individuales y colectivas, que van tejiendo el entramado social urbano. Además, no se puede actualmente pensar en la ciudad sin tener en cuenta los factores externos que también la configuran y que provienen de un proceso de globalización, no sólo económico sino en todas las dimensiones de la sociedad.
Hoy las ciudades de nuestro continente reflejan claramente las luces y las sombras de la transición cultural en la que nos encontramos. La ciudad es una gran paradoja en la que simultáneamente encontramos tanto las manifestaciones del más alto desarrollo del hombre, como aquellas que señalan la ausencia del sentido de «lo humano»; junto a las experiencias de libertad y mayor participación democrática, también están nuevas formas de dominación, de exclusión, de intolerancia y de violencia. En medio de las múltiples posibilidades de comunicación e interacción, se dan las experiencias de mayor individualismo, soledad e indiferencia. Junto a los beneficios que la ciencia y la tecnología nos han aportado, también están las condiciones más inhumanas de vida.
Estos fenómenos que influyen sobre y desde la ciudad contemporánea han configurado una forma de pensar sobre la vida, unos criterios y valores, unas prácticas, unos estilos de expresión y redes simbólicas, que tienden a transmitirse e imponerse como un estilo de vida dando lugar a una llamada: “cultura urbana” contemporánea. Una cultura en la cual, a pesar de sus rasgos dominantes y excluyentes, los ciudadanos no pueden ser considerados como simples objetos pasivos, sino que son simultáneamente instituyentes e instituidos, creadores e imitadores, actores y espectadores, transmisores y destinatarios, productores y resultado, excluyentes y excluídos, beneficiarios y víctimas. Una cultura que vive en la dinámica de estar construyendo ciudad y de ser construida por la ciudad. Una cultura que es convivencia y sucesión de múltiples culturas, de tal manera que se puede hablar de múltiples ciudades, como lo dice Italo Calvino: «a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.» [ii] Una cultura, por tanto, que cruza los límites geográficos de la ciudad, y alcanza al ámbito de lo rural y del mundo indígena. De ahí que hoy se prefiera hablar del fenómeno de “lo urbano”, más que de “la ciudad” ciudad.
Son abundantes las agendas de investigación, los proyectos, las propuestas metodológicas, las redes de investigadores y las búsquedas de las ciencias humanas para descifrar el misterio que encierran hoy las ciudades y su cultura, en orden a construir una convivencia más justa, democrática y solidaria. Se habla de la necesidad de una verdadera interdisciplinariedad y transdisciplinariedad, para poder aproximarse a un fenómeno que es unidad y articulación, en medio de la diversidad, la fragmentación y la transformación permanente. [iii]
Bogotá es el espacio de nuestra experiencia de lo urbano. Bogotá ha acompañado buena parte de la historia de nuestro país; es el espejo que refleja los logros del pueblo colombiano, y los vacíos que vamos dejando en nuestro caminar. Es lugar de los esfuerzos por una convivencia ciudadana más participativa y del individualismo más concentrado, de los actos de violencia y de las redes de iniciativas por la paz. Es lugar de las universidades, de la tecnología y de los niños que no tienen o no les interesa acceder a la educación, prefiriendo estar en la calle. Desde este lugar se defiende la vida y las garantías de los individuos y se violan constantemente los derechos humanos. En esta ciudad se defiende el espacio público y a la vez se imponen los intereses privados sobre las políticas públicas. Es sitio para los consejos juveniles locales, que buscan la participación de los jóvenes como sujetos sociales, y a la vez sitio que tolera las redes de “limpieza social” que extinguen la vida de otros jóvenes. Lugar de los museos, que buscan reconstruir la memoria histórica urbana y a la vez donde, pensando en un futuro incierto, más rápido se olvida nuestra historia. Bogotá es lugar de muchos actores sociales y a la vez de miles de espectadores que, sin sentido de corresponsabilidad social, sólo usan la ciudad, reclaman derechos, pero no están dispuestos a aportar nada a cambio.
Esta ciudad compleja y diversa, fragmentada y a la vez con cierto sentido de unidad, que genera un tipo de ciudadanos y que es generada por sus ciudadanos, es el desafío pastoral que el VI Sínodo Arquidiocesano de Bogotá quiso plantear y al cual quiere responder el Plan Global de Pastoral.
La ciudad y la Iglesia
Las ciudades y la Iglesia, en nuestro país, han crecido juntas. Desde la Colonia la Iglesia tuvo un lugar dentro de la vida de las ciudades; no sólo por su presencia en la plaza central, donde el templo tenía su lugar reservado, sino además por su presencia en la vida social y cultural. Las actividades que se organizaban desde las parroquias o la Catedral determinaban los calendarios de la vida cotidiana de las comunidades; Semana Santa, la novena de Navidad, las fiestas patronales, son claro ejemplo de esto.
Pero en la medida en que fueron creciendo los asentamientos urbanos, y apareció la multiplicidad y diversidad que los caracteriza, la parroquia y en general, la vida religiosa, fue pasando a ser un elemento más dentro de la vida de un ciudadano. La cultura moderna, con su carga de emancipación, de renovación, de democratización y de expansión [iv] , condujo más que a una supresión de la religión, como algunos lo anunciaron, a una privatización de la misma [v] , a un afianzamiento de la religiosidad popular y a una multiplicación de nuevos grupos religiosos, que conforman un verdadero “mercado de ofertas religiosas”. La Iglesia dejó de ser el centro y la fuente de significado de muchas realidades sociales y pasó a ocupar un lugar a veces paralelo, a veces indiferente dentro de la sociedad.
En el presente vemos a la Iglesia católica, en una ciudad como Bogotá, compleja y diversa, como una institución más, que goza de cierta credibilidad, pero su radio real de influencia es corto; su poder de convocación no es superior al de otros actores sociales, como los venidos del mundo del espectáculo, de la música o de los medios de comunicación etc. Pero sobretodo, lo más significativo es, como lo constató el Sínodo, que en su interior el sentido de identidad y de pertenencia se encuentran diluidos, con la consecuencia de no estar logrando una encarnación de los valores evangélicos en la cultura de la ciudad.
Antes se hablaba de la Iglesia dentro de la ciudad como uno de los gestores de la socialización, junto a la escuela y, por supuesto, a la familia; hoy son los pares, los medios de comunicación social y las culturas que ellos mismos van re-creando en sus propios ambientes, quienes tienen más influencia sobre niños y jóvenes,
Además, actualmente la Iglesia realiza su misión en medio de un ambiente que rescata lo religioso, pero desde la diversidad de formas y expresiones, desde la exaltación de lo individual y lo emotivo, desde lo no institucional, desde las prácticas de la religiosidad popular; circunstancias que influyen en el sentido de pertenencia y de compromiso con ella, haciéndolo parcial o estancado por muchos escepticismos.
No podemos entonces dejar de preguntarnos hoy, como se propuso al iniciar el VI Sínodo de la Arquidiócesis [vi] , desde dentro y desde fuera, ¿cuál es el papel real que la Iglesia está desempeñando en medio de la ciudad? ¿Quiénes son sus interlocutores? ¿Hasta dónde se están alcanzando los objetivos de la misión evangelizadora? Preguntas que nos conducen a la problemática de la pastoral urbana.
La pastoral urbana
No se parte de cero al hablar sobre la tarea de la Iglesia en las grandes ciudades; son muchas las iniciativas, las experiencias eficaces, los proyectos pastorales desarrollados, las reflexiones realizadas; pero esta riqueza se halla dispersa, sus elementos no están articulados o no son suficientemente valorados o difundidos. El temor a los cambios, el apego a los esquemas de acción heredados y continuados sin ninguna reflexión crítica, pero sobre todo la falta de un reconocimiento del fenómeno de la urbanización como un verdadero signo de los tiempos y la ausencia de un discernimiento evangélico del mismo como criterio de las acciones, son algunos de los aspectos que impiden el desarrollo de una pastoral actual, creíble y eficaz dentro del contexto urbano.
Son muchas nuestras acciones pastorales, pero con frecuencia se habla de: “desfase” [vii] , “desbordamiento” o de “estar caminando paralelos pero no convergentes”, como bien lo expresó el Cardenal Mario Revollo [viii] , al formular la hipótesis de la consulta sinodal.
Los Papas, los obispos, los presbíteros, los catequistas y todos los demás agentes de evangelización han ido reconociendo en los últimos tiempos que para ser fieles a la misión encomendada por Jesucristo, en el contexto de la cultura urbana, se requiere de la Iglesia Universal, y sobretodo de las Iglesias particulares, no sólo una serie de acciones puntuales, sino todo un proceso de conversión de la comunidad, de su mentalidad, organización, criterios, métodos, formas de presencia, lenguajes etc., que le permita desarrollar su acción al servicio del Reinado de Dios, presente y actuante en la historia humana que acontece en las ciudades [ix] . El desafío va entonces más allá de exigir una “pastoral de la ciudad” [x] , a plantear la necesidad de construir una presencia más inculturada de la Iglesia Particular en el contexto urbano, y por tanto de desplegar una acción evangelizadora [xi] , que le permita ser auténticamente un sacramento de salvación; o en otros términos, que le permita ser un sujeto social capaz de participar en la transformación del tejido social y cultural de la ciudad, de acuerdo con los valores del Evangelio, como lo planteaba Pablo VI en la Octogésima Adveniens 10-12.
Hablar entonces de “pastoral urbana” (PU) significa en un sentido amplio hablar de una categoría que debe atravesar la vida y las acciones de las Iglesias Particulares que habitan en las ciudades. Y en un sentido estricto, el término nos remite a las acciones pastorales que responden a las condiciones específicas que se encuentran en el espacio urbano. En el sentido amplio el calificativo “urbana” brotará del esfuerzo de inculturación tanto de la comunión, como de la misión eclesial; en el sentido estricto, lo “urbana” brotará de la generación de acciones específicas que buscan responder a los lugares, ambientes y retos propios de la vida de las ciudades.
Aún cuando nos referimos en primer lugar a las Iglesias en ciudades, también las Iglesias que están en contextos rurales deben desplegar una PU, puesto que el campo no es ajeno a la influencia de la cultura urbana, sobretodo por los medios de comunicación social y por el incremento de la movilidad.
Más que buscar una definición de PU, quiero ahora plantear algunas notas que nos permitan hacer una aproximación a los aspectos que encierra este desafío y que deben ser tema de reflexión y debate permanente.
- En primer lugar la PU va surgiendo allí donde se le da campo a la pregunta que busca superar el puro pragmatismo pastoral, y quiere abrir caminos de una acción más reflexiva, pertinente y adaptada. Preguntas que surgen desde el ejercicio del ministerio apostólico, desde el testimonio que aportan las comunidades neotestamentarias, desde las investigaciones de las ciencias humanas, desde las experiencias que se están realizando. Preguntas como estas: en medio de los múltiples análisis sobre la realidad de la ciudad, ¿qué sería una lectura pastoral de la ciudad?, ¿qué interrogantes nos plantea la ciudad para la comprensión y vivencia del Evangelio? ¿qué es evangelizar en la ciudad y a la ciudad?, ¿cómo debemos interpretar la vinculación entre la Iglesia y la ciudad?, ¿cómo se ha confrontado la mentalidad cristiana con los valores y criterios que presenta la urbe moderna?, ¿cómo la Iglesia puede hacerse presente y dialogar con la ciudad?, ¿puede la Iglesia ser generadora de nuevas culturas urbanas? ¿cómo formamos a los cristianos para que vivan su fe en la ciudad?, ¿cómo lograr que los signos bíblicos, litúrgicos y en general eclesiales sean significativos para la gente de la ciudad?, ¿qué categorías de la cultura urbana debo tener en cuenta para desarrollar un plan de catequesis?, ¿cómo ayudar a las familias para que cumplan su misión de formar personas para vivir en la ciudad, desde los valores evangélicos? ¿cuáles son los ministerios prioritarios para desplegar una PU?, ¿cómo se preparan los seminaristas para asumir su ministerio sacerdotal dentro del contexto urbano?, ¿qué organismos pastorales deben crearse o modificarse para ser articuladores de las actividades evangelizadoras? Etc, etc, etc. Es fundamental valorar las preguntas, que serán más abundantes que las respuestas y ponen en camino de búsqueda.
- La PU, dentro del espíritu del Concilio Vaticano II, exige un real acercamiento a la ciudad, su estructura y cultura, para poder re-conocerla en su autonomía como obra humana, y a la vez, re-conocer los signos de la presencia y de los planes de Dios en ella [xii] . Es necesario, a la luz del Evangelio, discernir las voces, los rostros y los acontecimientos que en la ciudad son un reclamo a la comunión y a la misión de la Iglesia y que marcan los espacios y realidades en los cuales está llamada a desplegar su acción profética y liberadora al servicio del Reinado de Dios. Por tanto, a la base de este esfuerzo de discernimiento pastoral urbano está el recurso ponderado y prudente a las investigaciones que las ciencias humanas y sociales nos aportan y el desarrollo de una auténtica teología sobre la ciudad [xiii] . Urge superar visiones simplistas, ingenuas, sólo negativas o indiferentes ante la ciudad, para poder llegar a ser interlocutores de la misma.
- El ejercicio adecuado del discernimiento pastoral sobre la ciudad, que determina los desafíos para la acción pastoral y los medios más adecuados para responder, exige de nuestra parte mantener una visión de conjunto sobre la ciudad, y especialmente entre lo público y lo privado: el interlocutor de la acción pastoral sigue siendo el habitante concreto de la ciudad, que percibe su vida en una tensión dinámica entre los aspectos propios de la vida pública y los de su vida privada. Una relación que, por la complejidad y fragmentación de la sociedad urbana, no siempre se plantea adecuadamente y conduce a percibir la realidad como un caos. Una relación en la que priman los factores de exclusión social y no se propicia una justa y solidaria distribución de los bienes sociales y culturales.
No ha sido fácil mantener el equilibrio es este sentido, puesto que a veces la reflexión pastoral se dirige hacia la identificación de diversos campos de acción social específica y hacia la generación de iniciativas pastorales correspondientes (p.e. obreros, intelectuales, constructores de sociedad, gente de la calle, cultura de los barrios o colonias etc.); pero no se tiene suficientemente en cuenta el mundo de la vida de cada ciudadano, su realidad individual y privada, que aunque sí está condicionada por las ideologías del sistema social dominante, no se define sólo por ellas o por su acción laboral o pública. [xiv] Otras veces, las acciones sólo promueven la vida privada de los individuos, sin tener en cuenta la dimensión pública dentro de la cual están llamados a vivir su vida y la dimensión social del evangelio. Todo proyecto pastoral urbano debe tener en cuenta el reto que tiene todo ciudadano de integrar su vida, pública y privada, bajo un sentido que le permita alcanzar una vida más humana y digna, junto con los demás. En este mismo sentido debe atenderse al reconocimiento tanto de las realidades de gracia y de pecado personal, como al reconocimiento de la presencia o ausencia de los valores del Reino en las estructuras y sistemas sociales. [xv]
- A partir del análisis y del discernimiento realizados es necesario identificar los desafíos que nos plantea la ciudad y sus culturas, tanto a la vida misma de la comunidad eclesial (diócesis, parroquia, CEB, organizaciones de inspiración cristiana, etc.), como a la misión que tiene frente al mundo. Así lo plantean los obispos en Puebla cuando hablan de la tarea de formar a los fieles para vivir su vida cristiana dentro del contexto de las luces y sombras de la cultura urbana (cf. DP 433) y a la vez de la tarea de transformación evangélica de la realidad, mediante la evangelización de la cultura (cf. DP 395). La PU encierra entonces estos dos aspectos, como dos caras de una misma moneda:
Por un lado, el reto de la consolidación de la comunidad eclesial misma, inmersa en la multiplicidad de estilos de vida que ofrece la ciudad y sin embargo llamada a mantener y desplegar la identidad que le viene de su opción de fe en Jesucristo. Como lo hicieron los primeros cristianos en la ciudades greco-romanas durante los primeros siglos, hoy estamos llamados a la construcción de una identidad eclesial, que sea expresión de la vivencia auténtica de los valores evangélicos, sin caer en sectarismos; pero a la vez, capaz de adaptarse e insertarse en la multiplicidad de los contextos urbanos, sin diluirse en la masa, para llegar a ser realmente un sacramento de salvación, un signo y fermento del Reino [xvi] . Estructuras eclesiales, organización, procesos de formación en la fe, celebraciones litúrgicas, y la riqueza de experiencias de comunión de la Iglesia deben orientarse y desarrollarse desde estos criterios. Que todo en la Iglesia, se oriente a hacer de ella la casa y la escuela de la comunión, como lo propone Juan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte No. 43.
Por otro lado, el reto de desarrollar la acción evangelizadora, entendiéndola como proceso por el cual la Iglesia no se coloca contra lo urbano, ni permanece paralela a ello, sino que se hace presente, sobretodo por medio de sus miembros laicos, en los distintos espacios donde se genera, se desarrolla, se expresa, se transmite la cultura urbana y busca entablar un diálogo en orden a una inculturación del Evangelio y de la misma comunidad eclesial. Un proceso en el cual es necesario denunciar o evidenciar las realidades de pecado personal y social, y participar activamente en el desarrollo de unas nuevas relaciones sociales más justas y solidarias. El ejercicio de la política en la ciudad, de la economía, del comercio formal e informal, de los medios de comunicación, el mundo de las universidades, el mundo obrero y empresarial, las culturas juveniles, las culturas regionales y étnicas, la gente que permanece en la calle, etc. son espacios que reclaman una presencia activa de la Iglesia y que no pueden ser abordados sólo desde la mediación pastoral de las parroquias tradicionales. Las múltiples ciudades invisibles que conviven piden el desarrollo de procesos evangelizadores diversificados, creativos, audaces, innovadores. Es un deber de los cristianos participar en la construcción y reconstrucción de la ciudad y de su tejido social, en orden a crear una sociedad, de acuerdo con el proyecto del Reino [xvii] .
- El desarrollo de la PU implica la conversión de las estructuras pastorales, de los métodos empleados y del sentido de participación de los fieles. La apertura a pensar nuevas formas de organizar las parroquias, la creación de parroquias ambientales o sectoriales, el desarrollo de nuevos ministerios laicales o el reconocimiento oficial de algunos ya existentes, la promoción de nuevos tipos de comunidades eclesiales de base, una nueva comprensión sobre el ejercicio del ministerio ordenado y el desarrollo de nuevos lenguajes y formas de presencia de la comunidad eclesial, son las perspectivas que genera el compromiso de hacer una pastoral más “urbana”. [xviii] La misma formación inicial para el ministerio sacerdotal está llamada a entrar en este proceso de conversión pastoral. Además, la movilidad, la situación de cambio permanente que genera la cultura urbana, exige una actitud de revisión permanente de las acciones pastorales, que permita el reconocimiento de los aciertos y desaciertos en el cumplimiento de la misión y el replanteamiento ágil de nuevas interpretaciones y acciones.
- La situación de transición, de confrontación, de desbordamiento en la que coloca la cultura urbana a la Iglesia debe ser asumida con una espiritualidad específica, que el mismo Pablo VI planteó recordando a Jonás, quien recorrió Nínive, la gran ciudad, predicando la misericordia divina, sostenido en su debilidad por la fuerza de la Palabra de Dios, así como recordando la promesa neotestamentaria de la ciudad que viene de lo alto, la Jerusalén Celestial, que es fuente de esperanza ante una ciudad, como lugar del pecado y del orgullo humano que desprecia el plan de Dios [xix] .
Estas temáticas abordadas no pretenden agotar o delimitar la discusión. Por el contrario buscan suscitar el diálogo y la reflexión conjunta, que conduzca a la construcción y re-construcción de una acción pastoral adecuada al contexto de la cultura urbana con la cual la Iglesia está llamada a dialogar, sea desde el campo o sea desde la ciudad, sea desde la acción o desde la reflexión, sea desde la vida pública o desde la vida privada, en orden al cumplimiento de su misión en el momento actual.
El Plan Global de Pastoral de la Arquidiócesis
Como un fruto del proceso generado por el VI Sínodo, el Plan Global de Pastoral (PGP), asumido en 1999, da los grandes lineamientos, los objetivos y los criterios de la acción pastoral de la Iglesia Arquidiocesana para los siguientes años, y ha sido criterio para la elaboración de la planificación por zonas pastorales y su respectiva programación.
El PGP se ha presentado como un camino para dar respuesta a los desafíos que la estructura y la cultura de la metrópoli plantean a la comunión y misión de la Iglesia (Declaraciones sinodales, p.17), y despliega diversos aspectos de una auténtica pastoral urbana.
En primer lugar, nos lanza a un cambio de actitud frente a la ciudad, a quien se le reconoce como un interlocutor de la vida y acción eclesial. La compasión del samaritano le hace abrir los ojos bajo una luz nueva para reconocer al hombre necesitado, y lo lleva a experimentar el impulso de hacerse prójimo. La Iglesia de Bogotá, animada por la misericordia, quiere ver la verdad de la realidad, la verdad del hombre, la verdad de sí misma, la verdad de Dios (cf. PGP, p. 35-39) manifestada en la vida de la ciudad.
Como lo manifiesta el objetivo general, la Iglesia se compromete consigo misma y con la ciudad, presentándose como un auténtico sujeto social, cuya identidad brota de su ser comunidad convocada por Jesucristo, Palabra del Padre, y llamada a ser sacramento de su misericordia en medio de todos los hombres; y que se reconoce presente en la ciudad con una intencionalidad: ser Buena Noticia, levadura transformadora del tejido social urbano, desde la dinámica del Reinado de Dios. Esta doble mirada, sobre sí misma y sobre la ciudad a la cual quiere servir, nos pone en camino de una auténtica inculturación urbana del Evangelio y de la comunidad eclesial, en la medida en que sea asumida en los diferentes campos, ámbitos y niveles de la acción pastoral.
La espiritualidad del buen Samaritano, como actitud que quiere acompañar todas las acciones y que busca devolver el sentido de humanidad a la ciudad, mediante la práctica misericordiosa del servicio, es capaz de sostener, en medio de las dificultades, conflictos y persecuciones, la acción de la comunidad eclesial, y de todos sus miembros. Además, es capaz de aportar la especificidad de nuestra acción, que deberá ser desarrollada junto a las iniciativas de otros sujetos con quienes estamos llamados a interactuar.
Pastoral urbana y formación sacerdotal
Un desafío fundamental que plantea la PU es la formación de todos los agentes de evangelización en esta dimensión de la pastoral. Presbíteros y diáconos, llamados a ser los colaboradores del ministerio episcopal, deben formarse para desempeñar su servicio con sabiduría, sensibilidad y habilidades capaces de adaptarse y entrar en diálogo con el contexto urbano. No basta una preparación genérica, sino que es necesaria la debida especialización.
Es un hecho que las conclusiones sinodales y el PGP han suscitado, en distintos momentos e instancias, una re-lectura del proceso de formación sacerdotal inicial que se brinda en el Seminario Mayor. Dicha re-lectura, como es propio de la pedagogía de la Iglesia, ha llevado a nuevas preguntas, nuevas búsquedas, nuevas iniciativas en el desarrollo del proyecto educativo.
La afiliación del Seminario a la Pontificia Universidad Javeriana, se ubica dentro de este contexto de renovación y ha querido ser asumida como una oportunidad para avanzar en la respuesta al desafío que nos plantea Bogotá y su cultura, a la comunión eclesial y a la formación de sus futuros ministros ordenados.
El pensar en la formación al ministerio desde los parámetros de una educación superior, de un carácter “universitario” (universal e interdisciplinar), de un rigor científico en nuestro trabajo, nos ha llevado a precisar y valorar muchos de los aspectos de la formación que son patrimonio pedagógico, elaborado a lo largo de los años; pero también nos ha exigido un proceso de humilde reconocimiento de nuestras limitaciones y de los desafíos que tenemos por delante.
La revisión y reformulación del currículo académico y del plan de estudios del Seminario ha sido ocasión para asumir en su justo valor el reto de dar un carácter científico y teológico a la pastoral, como lo ha señalado Juan Pablo II [xx] .
Urge hacer de la ciudad de Bogotá y su cultura una categoría que atraviese todas las dimensiones de la formación; de tal manera que, sin perder el sentido universal del ministerio, el perfil pastoral del ordenado esté a la altura de las condiciones y necesidades en las cuales va a desempeñar su servicio. Es necesario, por tanto, brindar las herramientas necesarias para que los alumnos aprendan a leer, con sentido crítico, científico, interdisciplinar, la realidad social y cultural de la ciudad a la que pertenecen, o pertenecerán, y en la cual asumirán un compromiso específico.
Valorar, aplicar y desarrollar nuevos métodos de conocimiento de la realidad, es tarea que tenemos por delante, en orden a una auténtica inculturación de nuestra acción pastoral; así como la educación en una capacidad de leer teológicamente la ciudad, en orden a discernir, a la luz del Evangelio, los signos de los planes y la presencia de Dios en ella. La realización durante el presente año de dos experiencias apostólicas, la una en algunos barrios del suroriente de la ciudad y la otra en el campo de la pastoral de la movilidad humana, acompañadas por un proceso de investigación sociológico y antropológico respectivamente, es un signo claro de nuestros primeros pasos en este sentido. Además, contamos con la riqueza de estudios e investigaciones que desde distintas perspectivas y disciplinas se han hecho o se están haciendo en Bogotá.
Así como el buen samaritano que fue capaz de ver, compadecerse y actuar, en la medida en que durante la formación ampliemos nuestra mirada y nos dejemos guiar por el espíritu de misericordia de Jesús, comprenderemos por dónde y cómo debemos llevar nuestros proyectos pastorales y seremos más creativos en nuestros métodos.
La reflexión teológica deberá verse enriquecida por los problemas que la situación del país y de la ciudad le vayan poniendo, así como por el esfuerzo de inculturar el mensaje de la fe y de hacerlo creíble en nuestro contexto. No sólo la teología pastoral o práctica, sino también las demás disciplinas teológicas están llamadas a involucrarse en esta tarea.
Es necesario además, dadas las condiciones en las que llegan los alumnos, educarlos en un verdadero sentido de participación ciudadana que les permita entenderse a sí mismos, no sólo por su bautismo y su misión dentro de la comunidad eclesial, sino también por su condición de ciudadanos y partícipes de una vida social, junto con otros.
En pocas palabras, tenemos por delante el desafío de formar a quienes, como colaboradores del Señor Arzobispo, deben ser los gestores y animadores de una Iglesia Particular cada vez más inculturada en el contexto de esta gran ciudad de Bogotá, y que deben ser los primeros en conocerla, amarla y comprometerse con ella desde su misión pastoral. Formar a quienes ayuden a dar el paso de una acción “pastoral en la ciudad”, a una auténtica “pastoral urbana”.
Existen muchos otros desafíos que la ciudad, su estructura y cultura nos plantean a la formación inicial para el ministerio ordenado, que es necesario ir afrontando con la esperanza que debe acompañar una auténtica pastoral urbana: la esperanza que nace de la promesa del Señor de estar caminando con nosotros en la construcción de la ciudad terrena, mientras esperamos la venida desde el cielo de la Nueva Jerusalén, la morada de Dios con los hombres [xxi] .


[i] Fabio Giraldo Isaza propone un modelo teórico de comprensión de la complejidad del fenómeno urbano, a partir de la interdependencia entre los atributos constitutivos de la ciudad, las dimensiones política, económica, social, cultural y medioambiental, las instancias de articulación-regulación entre el estado nacional, las entidades territoriales y la sociedad civil y, por último, el mismo espacio urbano en su manifestación física, histórica y social. Cf. GIRALDO, Fabio, «La ciudad: la política del ser», en GIRALDO, Fabio y VIVIESCAS, Fernando (comp.) Pensar la ciudad, Tercer Mundo editores – Cenac – Fedevivienda, Bogotá 1996, 3-19.
[ii] CALVINO, Italo, Las ciudades invisibles, Siruela, Madrid 19993,43.
[iii] Cf. A.A.V.V., Red de investigadores de cultura urbana sobre Bogotá. Perspectivas desde un encuentro, Fondo mixto para la promoción de la cultura y las artes – Alcaldía Mayor de Bogotá, Bogotá 1997.
[iv] Cf. GARCÍA CANCLINI, Néstor, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Grijalbo, México 1989.
[v] Cf. LUCKMAN, Thomas, La religión invisible, Sígueme, Salamanca 1973.
[vi] Cf. REVOLLO, Mario, Cardenal, Anuncio del Sínodo, Bogotá 1989.
[vii] CARAMURU, R. «Informe general», en CARAMURU, R. et al., La Iglesia al servicio de la ciudad, Nova terra- Dilapsa, Barcelona, 191-193.
[viii] Cf. «En este mundo que evoluciona tan rápidamente corremos el riesgo de perder el contacto con la realidad circundante y por tanto de marchar en un camino paralelo pero no convergente con el de los hombres de hoy, a quienes la Iglesia debe llevar el mensaje de salvación.» REVOLLO, Mario, Cardenal, Anuncio del Sínodo, No. 3.
[ix] Cf. GS 54; OA 8-12; Rmi 37; Medellín 3,2-3.12; 10,3; Puebla 421-433.441; Santo Domingo 255-262; EAm 21.
[x] “Pastoral de la ciudad” como contraposición a una “pastoral del campo”, como si el problema fuera sólo una cuestión geográfica.
[xi] “Acción evangelizadora”, en el sentido amplio de la palabra, es decir, como Pablo VI lo toma en la Evangelii Nuntiandi 17-20, y no simplemente como pastoral profética.
[xii] Cf. GS 4.11.36.59.
[xiii] Algunas propuestas en este sentido son: COMBLIN, Joseph, Théologie de la ville, Paris 1968 (trad. esp, Teología de la ciudad, Verbo Divino, Navarra 1972); FROSINI, Giordano, Babele o Gerusalemme? Per una teologia della cittá, Paoline, Milano 1992; NIÑO, Francisco, La Iglesia en la ciudad. El fenómeno de las grandes ciudades en América Latina, como problema teológico y como desafío pastoral, Università Gregoriana, Roma 1996.
[xiv] Aquí se hace referencia a los conceptos desarrollados por J. Habermas en su teoría social.
[xv] Cf. GS 40; RP 16; LC 42; SRS 36; Puebla 127-14; 470-506; Santo Domingo 157-227, etc.
[xvi] Puede verse: ELLIOTT, John, Un hogar para los que no tienen patria ni hogar. Estudio crítico social de la Carta primera de Pedro y de su situación y estrategia, Verbo Divino, Estella 1995. En el libro el autor destaca la estrategia sugerida por los autores de la carta a las comunidades del Asia menor, para que en medio de su contexto consoliden su identidad, sin cerrarse al mundo que los rodea, ni diluirse en él.
[xvii] Cf. OA 12.
[xviii] Cf. Santo Domingo 258-260.
[xix] Cf. OA 12.
[xx] Cf. PDV 57.
[xxi] Cf. Ap 21,1-27.